25 mar 2011

¿Es el Espíritu Santo un poder o una persona?

Por: Mark Finley

¿Es el Espíritu Santo un poder o una persona?

La respuesta a esta pregunta está muy relacionada con el proceso de la salvación.


Apenas había terminado de presentar un seminario sobre el reavivamiento en una iglesia local, cuando un anciano se me acercó. Evidentemente había sido cristiano durante muchos años. Amablemente, este caballero de avanzada edad pidió permiso para hacerme una pregunta.

Cuando accedí, en seguida comenzó a citar varios versículos de la Biblia. Era obvio que conocía bastante bien la Biblia. Al principio no entendí a dónde se dirigía con sus comentarios, pero entonces llegó al meollo de su pregunta: ¿Es el Espíritu Santo una divina influencia, una fuerza que emana de Dios o es la tercera persona de la Deidad? Muchos cristianos están confundidos con este tema.

¿Es el Espíritu Santo un poder que fluye de Dios como algún tipo de influencia impersonal, o es el Espíritu Santo una persona divina? Le expliqué a mi nuevo amigo que esta pregunta es de enorme importancia.

Si el Espíritu Santo es la tercera persona de la Deidad, igual que el Padre y el Hijo, pero lo consideramos una influencia impersonal, le estamos robando a una persona divina el honor, el respeto y amor que solo le pertenecen a él. Si el Espíritu Santo es una mera influencia o poder, intentaremos apoderarnos de tal poder y utilizarlo. Pero si reconocemos que el Espíritu Santo es una persona, nos rendiremos a su influencia y conducción, abriremos nuestro corazón a sus instrucciones y le cederemos nuestra voluntad. Nuestro único deseo será permitirle que nos use.

Es absolutamente vital entender quién es el Espíritu Santo y cómo obra. El concepto falso del Espíritu Santo como un poder o una fuerza puede llevarnos a la exaltación propia: “Miren cuánto poder tengo”. Por contraste, el concepto correcto del Espíritu Santo como la tercera persona de la Deidad nos lleva a rendirnos a su voluntad.

Desafortunadamente, muchos cristianos en iglesias de todo el mundo no tienen una comprensión clara de quién es el Espíritu Santo o cuál es su obra en sus vidas. El Dr. Bill Bright, el fundador y ex presidente de Campus Crusade for Christ (Cruzada universitaria por Cristo), señala que su organización ha encuestado a “miles de cristianos en iglesias alrededor del mundo”, y tristemente, “cerca de un 95 por ciento de los encuestados indica que tiene poco conocimiento acerca de quién es el Espíritu Santo o por qué existe”.

¡Qué tragedia! Entender la enseñanza de la Biblia acerca del Espíritu Santo es absolutamente vital para el desarrollo de la vida cristiana.

¿Quién es el Espíritu Santo?

Es bastante fácil para nosotros percibir al Padre y a Jesús como personas. Nuestra mente se forma imágenes mentales de ambos. Pero al considerar que el Espíritu Santo es alguien misterioso, invisible y un tanto secreto, y que su presencia es universal, a veces tenemos dudas acerca de su identidad.

He aquí el error que cometemos. A menudo igualamos la personalidad divina con su visibilidad. Si el Espíritu Santo es omnipresente, concluimos que debe ser la fuerza o presencia de Dios, pero no un ser divino. Es verdad que nunca entenderemos la complejidad de los caminos de Dios. Según dijera un teólogo destacado: “Intentar entender la Trinidad equivale a perder la mente. Negar la Trinidad equivale a perder el alma”. Pero la buena noticia es que no tenemos que entender todo respecto de algo para apreciar algo que quizá conocemos solo parcialmente. Yo no entiendo todo lo referido a la electricidad, pero no voy a permanecer en la oscuridad hasta que la entienda.

Igualmente, aunque no comprendamos completamente todo sobre la naturaleza del Espíritu Santo, podemos recibir la enseñanza bíblica sobre el Espíritu por la fe e invitar al divino Inquilino a que se hospede en nuestro corazón.

Hay otro problema serio con la idea de que el Espíritu Santo es meramente una fuerza o la influencia poderosa de Dios y no la tercera persona de la Deidad: La idea es contraria a las Santas Escrituras. La Biblia contiene tres textos sencillos del Nuevo Testamento que describen el trío divino que compone la Deidad. Ninguno de estos pasajes sugiere que un miembro de la Deidad sea inferior o de menor valor que el otro. El último mandato de nuestro Señor a sus discípulos fue: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (S. Mateo 28:19). Cuando los creyentes del Nuevo Testamento se hicieron cristianos, entraron en una comunión divina, una integración celestial con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

En Efesios 2:18, el apóstol Pablo describe la unidad de propósito de la Deidad con estas palabras: “Por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre”; y el apóstol describe la unidad de la Deidad en Hebreos 10:9-15 en términos de tres acciones: El Padre decide, el Hijo obra y el Espíritu Santo testifica.

A lo largo de las Escrituras, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo colaboran para cumplir el propósito del Cielo en el plan de la redención. Están presentes en la creación, en el bautismo de Jesús, a lo largo de su vida, en la cruz, la resurrección y durante su ministerio en el Santuario celestial.

El apóstol Pablo concluye su segunda carta a los corintios con estas palabras reveladoras: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén” (2 Corintios 13:14). Este texto habla de tres cosas: El amor de Dios, la gracia de Cristo y la comunión del Espíritu Santo.

En el Antiguo Testamento, Dios reveló su amor por medio de las advertencias e instrucciones de los profetas. En el Nuevo Testamento, Dios reveló su amor por medio de la vida y la muerte de Jesús. A este amor lo llamamos gracia. Desde la resurrección de Jesús y la inauguración de su ministerio en el Santuario celestial, Dios revela su amor por medio de la presencia personal o comunión del Espíritu Santo en nuestra vida.

Por medio del Espíritu Santo somos llevados al compañerismo con el Padre y el Hijo. Por medio del Espíritu Santo entramos en comunión íntima con Dios. Antes que Cristo viniera en la carne, el Padre era la persona más conspicua de la Deidad, la que colmaba el horizonte. Cuando Jesús vino, él colmó el horizonte. El mundo del Nuevo Testamento vio el amor de Dios por medio de Jesús. Por esto es que Jesús dijo: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (S. Juan 14:9).

Una vez que Jesús ascendió al cielo, entramos en una nueva dispensación: La dispensación del Espíritu Santo. El Espíritu Santo es tan real, tan divina persona, tan miembro de la Deidad como el Padre y el Hijo. El Espíritu Santo no es una influencia nebulosa que emana del Padre. No es una fuerza impersonal, algo que apenas puede reconocerse, ni tampoco un principio invisible de vida.

El Espíritu Santo es divino

LeRoy E. Froom en su libro La venida del Consolador lo expresa de esta manera: “Jesús fue la persona más notable e influyente que jamás existiera en este viejo mundo; y el Espíritu Santo vino a llenar su lugar vacante. Nadie sino una persona divina podía tomar el lugar de su persona maravillosa. Jamás una mera influencia hubiera sido suficiente” (pp. 37, 38).

Como un trío que canta una música celestial en tres partes, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo unen armoniosamente sus voces en un canto de salvación para redimirnos. El Espíritu Santo vino con la plenitud del poder divino a los primeros discípulos en Pentecostés. El plan del Cielo es que el Espíritu Santo venga con la plenitud del poder divino sobre todo creyente.

En los capítulos 14 al 16 del Evangelio de Juan, Jesús describe el ministerio del Espíritu Santo en detalle. Estas son probablemente algunas de sus palabras más importantes. Sus enseñanzas sobre el Espíritu Santo pueden transformar la vida.

He aquí las palabras del propio Jesús: “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros” (S. Juan 14:16, 17). En San Juan 16:7, el Maestro añade: “Si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré”.

Según la Palabra de Dios, el Espíritu Santo cumple varias funciones: (1) El Espíritu Santo es nuestro Ayudador (S. Juan 14:16). (2) El Espíritu Santo es nuestro Maestro personal (S. Juan 16:13). (3) El Espíritu Santo es nuestro Guía personal en las decisiones que tomamos en la vida (S. Juan 16:8, 13). El Salmo 32:8 añade: “Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos”.

Sea cual fuere la manera en que Dios nos guía, lo hace a través de su Espíritu Santo. ¿Abrirás hoy su corazón a su influencia transformadora?


El autor es un evangelista internacional cuya predicación ha alcanzado a millones de personas en cruzadas evangelizadoras y a través de la televisión. Escribe desde Silver Spring, Maryland.

6 mar 2011

El Verdadero Reavivamiento.

Por: Elena White

Dondequiera que la Palabra de Dios se predicó con fidelidad, los resultados atestiguaron su divino origen. El Espíritu de Dios acompañó el mensaje de sus siervos, y su Palabra tuvo poder. Los pecadores sintieron que despertaban sus conciencias.

La luz «que alumbra a todo hombre que viene a este mundo», iluminó los lugares más recónditos de sus almas, y las ocultas obras de las tinieblas fueron puestas de manifiesto. Una profunda convicción se apoderó de sus espíritus y corazones. Fueron redargüidos de pecado, de justicia y del juicio por venir. Tuvieron conciencia de la justicia de Dios, y temieron tener que comparecer con sus culpas e impurezas ante aquel que escudriña los corazones. En su angustia clamaron: «¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte?» Al serles revelada la cruz del Calvario, indicio del sacrificio infinito exigido por los pecados de los hombres, vieron que solo los méritos de Cristo bastaban para expiar sus transgresiones; eran lo único que podía reconciliar al hombre con Dios.

Con fe y humildad aceptaron al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Por la sangre de Jesús alcanzaron «la remisión de los pecados cometidos anteriormente […]». Los reavivamientos produjeron en muchos creyentes profundo recogimiento y humildad. Estuvieron caracterizados por llamamientos solemnes y fervientes hechos a los pecadores, por una ferviente compasión hacia aquellos a quienes Jesús compró por su sangre. Hombres y mujeres oraron y lucharon con Dios para conseguir la salvación de las almas. Los frutos de semejantes reavivamientos se echaron de ver en las almas que no vacilaron ante el desprendimiento y los sacrificios, sino que se regocijaron de ser tenidas por dignas de sufrir oprobios y pruebas por causa de Cristo.

Se notó una transformación en la vida de los que habían hecho profesión de seguir a Jesús; y la influencia de ellos benefició a la sociedad. Recogieron con Cristo y sembraron para el Espíritu, a fin de cosechar la vida eterna […]. Tal es el resultado de la acción del Espíritu de Dios. Una reforma en la vida es la única prueba segura de un verdadero arrepentimiento. Si restituye la prenda, si devuelve lo que robó, si confiesa sus pecados y ama a Dios y a sus semejantes, el pecador puede estar seguro de haber encontrado la paz con Dios. Tales fueron los resultados que en otros tiempos acompañaron a los reavivamientos religiosos. Cuando se los juzgaba por sus frutos, se veía que eran bendecidos por Dios para la salvación de los hombres y el mejoramiento de la humanidad.

Sin embargo, muchos de los reavivamientos de los tiempos modernos han presentado un notable contraste con aquellas manifestaciones de la gracia divina, que en épocas anteriores acompañaban los trabajos de los siervos de Dios. Es verdad que despiertan gran interés, que muchos se dan por convertidos y aumenta en gran manera el número de los miembros de las iglesias; no obstante los resultados no son tales que nos autoricen para creer que haya habido un aumento correspondiente de verdadera vida espiritual. La llama que alumbra un momento se apaga pronto y deja la obscuridad más densa que antes. Los avivamientos populares son provocados demasiado a menudo por llamamientos a la imaginación, que excitan las emociones y satisfacen la inclinación por lo nuevo y extraordinario.

Dondequiera que los hombres descuiden
el testimonio de la Biblia y se alejen delas
verdades claras que sirven para probar el
alma y que requieren abnegación y
desprendimiento del mundo, podemos estar
seguros de que Dios no dispensa
allí sus bendiciones

Los conversos ganados de este modo manifiestan poco deseo de escuchar la verdad bíblica, y poco interés en el testimonio de los profetas y apóstoles. El servicio religioso que no revista un carácter un tanto sensacional no tiene atractivo para ellos. Un mensaje que apela a la fría razón no despierta eco alguno en ellos. No tienen en cuenta las claras amonestaciones de la Palabra de Dios que se refieren directamente a sus intereses eternos.

Para toda alma verdaderamente convertida la relación con Dios y con las cosas eternas será el gran tema de la vida. ¿Pero dónde se nota, en las iglesias populares de nuestros días, el espíritu de consagración a Dios? Los conversos no renuncian a su orgullo ni al amor del mundo. No están más dispuestos a negarse a sí mismos, a llevar la cruz y a seguir al manso y humilde Jesús, que antes de su conversión. La religión se ha vuelto objeto de burla de los infieles y escépticos, debido a que tantos de los que la profesan ignoran sus principios.

El poder de la piedad ha desaparecido casi por completo de muchas iglesias. Se han realizado comidas campestres, representaciones teatrales y ferias en las iglesias, y hay casas lujosas y muestras de ostentación personal que han alejado de Dios los pensamientos de la gente. Tierras, bienes y ocupaciones mundanas llenan el espíritu, mientras que las cosas de interés eterno se consideran apenas dignas de atención […].

En muchos de los despertamientos religiosos que se han producido durante el último medio siglo, se han dejado sentir, en mayor o menor grado, las mismas influencias que se ejercerán en los movimientos venideros más extensos. Hay una agitación emotiva, mezcla de lo verdadero con lo falso, muy apropiada para extraviarnos. No obstante, nadie necesita ser seducido. A la luz de la Palabra de Dios no es difícil determinar la naturaleza de estos movimientos. Dondequiera que los hombres descuiden el testimonio de la Biblia y se alejen de las verdades claras que sirven para probar el alma y que requieren abnegación y desprendimiento del mundo, podemos estar seguros de que Dios no dispensa allí sus bendiciones.

Y al aplicar la regla que Cristo mismo dio: «Por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7:16), resulta evidente que estos movimientos no son obra del Espíritu de Dios. En las verdades de su Palabra, Dios ha dado a los hombres una revelación de sí mismo, y a todos los que las aceptan les sirven de escudo contra los engaños de Satanás. El descuido en que se tuvieron estas verdades fue lo que abrió la puerta a los males que se están propagando en el mundo religioso. Se ha perdido de vista en sumo grado la naturaleza e importancia de la ley de Dios. Un concepto falso del carácter perpetuo y obligatorio de la ley divina ha hecho incurrir en errores respecto a la conversión y santificación, y como resultado se ha rebajado el nivel de la piedad en la iglesia. En esto reside el secreto de la ausencia del Espíritu y poder de Dios en los despertamientos religiosos de nuestros tiempos.

Este artículo es un fragmento adaptado del capítulo 28 («La verdadera conversión es esencial») del libro El conflicto de los siglos. Los adventistas creemos que Elena White (1827-1915) ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio público.

La Salud Espiritual

Por: Allan R. Handysides y Peter N. Landless

Estoy preocupado por mi salud espiritual. Nuestro pastor está realizando reuniones de reavivamiento, pero me molesta que otros confiesen sus pecados y den testimonios en público. Al mismo tiempo, me siento culpable por sentir me así. ¿Qué me pasa? ¿Puede dar me una receta espiritual? Deseo ser un buen cristiano.


De su pregunta se desprende que usted se siente culpable porque no experimenta grandes emociones por este proceso de reavivamiento. Acaso usted ya ha visto experiencias similares, y es posible que tenga dudas sobre la sinceridad del proceso o que teng a una personalidad diferente de los demás; es necesario que tengamos en cuenta esas diferencias.

Muchos de nosotros no entendemos
bien que el Espíritu Santo no es un «poder líquido» o «vapor mágico» que nos envuelve, sino una Persona: el «Consolador», la «tercera Persona de la Trinidad». La espir itualidad es una relación con el Espíritu Santo, con Jesús y con el Padre. El crecimiento espiritual significa enamorarse de Jesús y disfrutar de una relac ión rica, madura y continua.

Todos necesitamos el reavivamiento,
la renovación, la curación y una relación gratificante pero, según sea nuestra personalidad, existen diferentes maneras de alimentar esa relación. No todos nos adaptamos al mismo molde.

Dios nos hizo únicos. Algunos somos
formales y serios; otros son extrovertidos y exuberantes. Algunos pastores se «especializan» en reavivamientos. Puede ser que hayan desarrollado un estilo ya «armado» de la espiritualidad, por lo que piensan que si hacemos esto o aquello, experimentaremos el reavivamiento. Para muchos, este proceso estructurado da resultados, aunque no para todos.

Pensemos en las maneras de enamorarse. Cuando nos sentimos atraídos hacia otra persona, ya no sabemos qué hacer para complacerla. Pensamos en ella todo el tiempo y decimos frases melosas. Algunos compran regalos. Disfrutamos caminar juntos en la playa, de la mano y a la luz de la luna. Cada persona se enamora a su manera, según su personalidad.

Dios entiende a todos, y comprende
lo que usted siente. A él no le preocupa el proceso que usted sigue para llegar a ser su amigo: lo importante es que, en efecto, lleguen a ser amigos. El Espíritu busca atraernos. A menudo confundimos el proceso con el objetivo final.

Es importante orar y estudiar la Biblia,
pero puede ser que leamos la Biblia de manera diferente. Uno de nosotros suele leer una historia e imaginar que es parte de la acción. Otro acostumbra leer durante diez minutos, y entonces pensar en el relato durante las siguientes diez horas. De esta forma, se siente tan parte del relato que, por ejemplo, le parece que se le ponen los pelos de punta cuando Lázaro sale del sepulcro. Esto no significa menospreciar al que se dedica a leer durante una hora o dos; tenemos que entender que somos diferentes.

Por cierto necesitamos una relación constante con Dios. Es esencial leer la Palabra, meditar y orar. La meditación y la oración deberían ser actividades para cualquier momento y para todo momento, en especial cuando sentimos su presencia.

Después de décadas juntos, muchos
cónyuges entienden tan bien a su pareja que pueden terminar las frases que ellos empiezan. En los buenos matrimonios, el amor y el respeto son cada vez mayores. Esa es la relación que Dios quiere tener con nosotros: una relación natural, verdadera, honesta y sincera. Enfocarnos nuevamente en Dios nos ayuda a revitalizar esta relación, pero tiene que hacerse en forma natural.

No se preocupe por las metodologías de los demás; conténtese con buscar a Dios de la manera en que se sienta más a gusto. El reavivamiento de la verdadera piedad se expresa en amabilidad, humildad, compasión y generosidad; en la disposición a sufrir antes que herir a otro. Estos son los frutos de la santificación, que no es otra cosa que una vida de reavivamiento.

Allan R. Handysides
es director de Ministerios de Salud de la Asociación General.
Peter N. Landless es director ejecutivo del ICPA y director asociado de Ministerios de Salud de la Asociación General